El poder del silencio amable

Conocemos el silencio por contraste con el sonido. Como distinguimos la amabilidad de la brusquedad, la luz de la oscuridad, la noche del día, la tristeza de la alegría, la confianza del miedo..

Y de ese contraste extraigo que este verano ha estado lleno de silencio…

No porque me haya ido a lugares especialmente silenciosos (que en algunos momentos sí), sino porque la mayor parte del tiempo mi mente no ha estado creando ruido en mi interior y sí simplemente disfrutando el momento, diciendo SÍ a lo que estaba pasando. Qué lujazo.

A veces, el ruido puede ser alto, agudo, afilado, estridente, perturbador, insoportable.. Como cuando la mente no para de decir cosas negativas sobre lo que está pasando, lo que pasó, lo que está por pasar.. con un tono repetitivo y monocorde teñido de miedo y preocupación, con mucho juicio.

Cuando entramos ahí, aunque haya silencio en el exterior, el ruido en nuestra cabeza puede llegar a ser más terrible que cualquier otro sonido, aislándonos en nuestro interior, y haciendo de nuestra experiencia algo pesado y agotador.

En esos momentos estamos inmersos en lo que los científicos llaman el sesgo de negatividad, o la mente rumiativa, perdida en la compulsión de enfocar toda su atención en lo negativo (real o potencial) continuamente. De eso está hecho el ruido en nuestra cabeza.

Es nuestro sistema de supervivencia el que se activa en esos momentos, junto con la necesidad de resolver algo, y poco podemos hacer salvo ser amables testigos de lo que nos está ocurriendo. Es tan natural que nos perdamos ahí una y otra vez..

La observación, la aceptación y la amabilidad con nosotros mismos se convierten entonces en los mayores aliados, los únicos que pueden devolvernos al silencio arropados en un manto de dulzura y suavidad.

Como una madre amorosa, podemos tomar responsabilidad por nuestro mundo interno, acogernos y liberar a nuestro entorno de nuestras expectativas de que nos resuelvan las cosas o nos hagan sentir mejor.

Amanecer blanco y negroEs interesante preguntarnos cuánto tiempo dedicamos al silencio y a la amabilidad en nuestras vidas. Cuánto a crear espacio entre pensamiento y pensamiento, o a ser silenciosos y afables testigos o espejos de nuestro mundo interior, de esas olas de experiencia continuas y cambiantes.

Las investigaciones demuestran que exponernos a periodos de silencio nos permite crear nuevas neuronas, ya que desarrolla el crecimiento neural.

En concreto, una investigación llevada a cabo por el biólogo Imke Kirste en la Universidad de Duke descubrió que dos horas de silencio al día favorecen el desarrollo de células en el hipocampo, la región cerebral relacionada con la formación de la memoria, y que incluye a los sentidos.

Y períodos mucho más cortos de silencio han demostrado ser igualmente efectivos para potenciar otras muchas funciones en nuestro cerebro.

En el silencio podemos escuchar los sonidos sutiles de nuestro mundo interno, haciéndonos conscientes de sensaciones, emociones, pensamientos y sentimientos que se nos hacen inaudibles en nuestra ajetreada vida diaria, y que pueden estar esperando a ser escuchados y darnos valiosa información.

Ser conscientes de ellos puede ayudarnos a desidentificarnos de muchas paranoias, tomar mejores decisiones y ser más libres de la tiranía del sesgo de negatividad.  Una puerta a la libertad y la felicidad.

Belén Giner

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