Sensibilidad, Vulnerabilidad y Fuerza, ¿opuestos o complementarios?

Muchos crecimos con la idea de que ser fuertes significaba ser duros, estar siempre animados y poder con todo.
Es la idea de fuerza que a menudo recibimos del entorno en nuestros primeros años. Entonces se creía que ciertas emociones no estaban bien – especialmente mostrarnos excesivamente sensibles y sentir pena o tristeza-, que mejor no entretenernos mucho en ellas, enfocarnos en ‘estar bien’ y tirar para adelante, que eso era lo importante.

Casi todos hemos oído alguna vez aquello de: ‘no pasa nada, no llores’, ‘no tengas miedo’, o cosas como: ‘eres demasiado sensible’, ‘éste llora por todo’ o sentencias más directas como: ‘no seas tan sensible, así no te irá bien en la vida’ (esta última, una frase que escuchaba mucho en mi infancia). Cuando no, burlas y risas cuando alguien de la familia se mostraba más sensible que los demás, especialmente si era chico, pero también podía ocurrir si eras chica.

A muchos, esto nos hacía sentir que siendo tal como éramos no éramos adecuados y que para encajar teníamos que ser diferentes y luchar contra nuestros sentimientos. Ser sobre todo, ‘fuertes’. De hecho, sigue estando extendida la idea de que la fuerza está relacionada con dureza y positividad y la vulnerabilidad y la sensibilidad con debilidad y flaqueza.

El miedo o tabú que suponía mostrar los verdaderos sentimientos hizo que poco a poco los fuéramos apagando y creáramos la falsa creencia de que ciertas emociones no son buenas y por tanto, para ser fuertes y estar ‘bien’, no debíamos sentirlas. Así que mejor esconderlas y hacer ver que no pasaba nada.

terapia gestalt

La vergüenza de sentir ‘demasiado’

El problema es que cuando intentamos tapar lo que sentimos, escondiendo una parte de nuestra personalidad, creamos una identidad falsa, y eso hace que la vergüenza se apodere de nosotros.

Lejos de sentirnos fuertes y seguros, eso nos hace sentirnos más frágiles y miedosos, fantaseando con que si los demás supieran como somos realmente, nos rechazarían.

De hecho, en terapia, una de las emociones que más cuesta a las personas sentir y expresar es la tristeza.

Esto es así porque, así como la alegría, el positivismo e incluso la rabia son estados y emociones que nos impulsan a hacer cosas e ir hacia fuera (lo que nos permite ser productivos y ‘tirar para adelante’), la tristeza es una emoción introspectiva, que nos obliga a parar, sentirla y procesar cosas. Además, cuando se despierta, nunca sabemos cuánto durará, algo que nos produce especial miedo, por nuestro deseo de estar siempre activos.

A causa de estas ideas de que ser vulnerable y sensible era básicamente malo, nos fuimos encerrando en corazas desde las que nos acostumbramos a mostrar solo una parte de nosotros (la parte ‘poderosa’, la ‘fuerte’, la alegre, la servicial, la que podía con todo.. – en función de lo que era apreciado en casa-), quedando atrapados en ellas. Llegando a creer que ser fuerte era lo importante y que eso significaba ser siempre positivo, duro y luchador, poder con todo y no sentir confusión, abatimiento o tristeza.

El miedo a las emociones, a sentir y expresar sentimientos de pena, tristeza, incertidumbre, soledad, miedo, dolor.. -a mostrar nuestra vulnerabilidad en definitiva-, generalmente ha sido la norma en nuestra sociedad. Esto podemos entenderlo hoy gracias a las neurociencias, que nos explican que nuestra mente está programada para perseguir el placer y evitar el dolor, así que sentir aversión o rechazo hacia todo lo doloroso es algo bien enraizado en nuestro cerebro y se dispara automáticamente.

 

El antídoto a la vergüenza : la aceptación

Sin embargo, aunque querer evitar el dolor o desear que se vaya es algo totalmente natural y esencial cuando lidiamos con dolor físico (nos hace buscar ayuda para solucionarlo), esto no funciona tan bien con el dolor emocional. Es solamente aceptando y acogiendo todas nuestras emociones, dándoles el espacio y el tiempo necesarios para que se regulen por sí mismas, como conseguimos gestionarlo efectivamente. Sin control, sin exigencias, sin prisas.

Al intentar reducir nuestro espectro emocional a unos pocos colores, pasamos por alto que todas nuestras emociones tienen  algo que aportarnos. En concreto, la sensibilidad nos ofrece regalos maravillosos como la intuición, la creatividad, la humanidad, la empatía y la faceta artística, ya que el lado emocional está ligado al hemiferio derecho, la parte del cerebro también encargada de la imaginación, lo simbólico y la visión general.

La tristeza nos permite introspección, perspectiva y finalmente nos conduce a la aceptación de cambios o pérdidas, lo que nos hace más fuertes y resilientes frente a los envites de la vida. Nuestra sensibilidad y nuestra vulnerabilidad son las que nos hacen por tanto íntegros y completos.

De hecho, no podemos sentirnos fuertes si negamos partes de nosotros. Necesitamos aceptarnos en nuestra totalidad, con todos nuestros lados: el luminoso (o el que se ha valorado más socialmente) y el oscuro (o el que ha sido más rechazado o temido), si queremos florecer o sentirnos plenos. Lo contrario es como intentar que una rosa sea una rosa sin las espinas que la protegen y sin las cuales nunca habría podido llegar a ser una rosa.

Nuestro lado sensible y nuestra vulnerabilidad son a fin de cuentas, lo que nos hace humanos. Incluso si deseamos cambiar o mejorar algunos aspectos de  nosotros mismos, necesitamos acoger y permitir todo lo que hay en nuestro interior (‘lo que aceptas se transforma, lo que resistes persiste’, Carl Jung).

 

Mostrar vulnerabilidad = mejores conexiones con los demás

Investigaciones recientes han demostrado la importancia de acoger nuestra vulnerabilidad para sentirnos integrados y en paz con nosotros mismos (sin necesidad de esconder nada ni sentir vergüenza por ser como somos), así como para crear conexiones auténticas con los demás (Brené Brown).

Muchas personas vulnerables y auténticas tienen éxito en nuestra sociedad, según estas mismas investigaciones, por su autenticidad. Aquellos que se atreven a ser y mostrarse en todos sus aspectos suelen generar admiración y respeto, y son referentes por ser ellas mismas, expresarse y mostrarse con naturalidad, algo que en general todos deseamos.

Sentir miedo, vergüenza, tristeza o abatimiento de vez en cuando, ser vulnerable, es parte intrínseca de ser humano, y el mostrarnos sin escondernos, normalmente hace que los demás se sientan identificados con nosotros (además de aliviados: ‘menos mal, no soy el único!’), o solidarios, y quieran echar una mano. Esto crea un sentimiento de vínculo y conexión y permiso para ser. Aquí es donde vulnerabilidad y fuerza se dan la mano. El amor y la conexión que andamos buscando suceden justo en ese momento.

Chica llora y recibe ayuda

Naturalmente, eso no pasa con todo el mundo. De hecho, el hábito de escondernos y sobreponernos a nuestras emociones -el miedo a la vulnerabilidad-, puede estar tan arraigado y ser tan profundo que, a la hora de abrirnos con sinceridad ante otro, hemos de escoger bien con quien hacerlo. De lo contrario, corremos el riesgo de volver a encontrarnos con las mismas respuestas que nos hicieron cerrarnos en un primer momento: ser ignorados o juzgados, y volver a sentir que no somos suficientemente buenos y que no seremos aceptados.

Sin el coraje de ser vulnerables, no solo nos perdemos todo el abanico de nuestro rico mundo emocional, sino la oportunidad de crear conexión con los demás y relaciones más auténticas, lo que a su vez nos hará sentirnos relajados, queridos, aceptados, y que podemos ser quienes somos sin complejos.

A fin de cuentas, somos simples seres humanos, viviendo todo tipo de experiencias, alegres y dolorosas, teniendo que hacer frente a situaciones de todo tipo a lo largo de la vida.  Y para ello, lo último que necesitamos es escondernos o intentar sobreponernos a nosotros mismos. Basta con acoger todas nuestras emociones y dejarlas ser, confiando en que por sí mismas se autorregularán (confiar en la sabiduría intrínseca de nuestro organismo).

La auténtica fortaleza está por tanto ligada a nuestra capacidad de ser vulnerables. Cuando somos capaces de mostrar nuestro lado más entusiasta y activo y también nuestro lado sensible, introspectivo y pasivo; cuando podemos expresar todo lo que somos sin tener que fingir ni esconder nada; cuando podemos pedir ayuda y admitir que a veces tenemos miedo o nos sentimos inseguros o tristes, y sentir que eso es natural; cuando simplemente nos vivimos y vivimos la vida con naturalidad y simplicidad, sentimos confianza. De la relajación que nos da esa aceptación, surge la energía para poder afrontar cualquier cosa.

Conectamos entonces con esa fuerza que nos lleva y nos dirige, que surge de aceptar todas nuestras partes, y crece enraizándose en el respeto y el amor a todo lo que somos.

Así sentimos que pertenecemos a nuestro propio ser (que no lo estamos traicionando), que somos plenamente humanos, uno más -a la vez único y parecido al resto de humanos-, y que nuestra sensibilidad, más que un rasgo negativo o un problema a resolver, es un regalo a cuidar y a aportar a este mundo.

Al sentir plenamente nuestra pertenencia, sentimos también el amor y la aceptación internas que siempre andamos buscando fuera, que son nuestro derecho de nacimiento, la fuente de nuestra felicidad y de la verdadera fortaleza.

Belén Giner

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